Un excepcional ‘Cuarteto para el fin de los tiempos’ de Messiaen en el Palau de la Música Catalana

 

Faust, Aimard, Queyras y Widmann, durante el concierto // Antonio Bofill

 

A media tarde había escuchado la noticia por la radio: un grup de científicos ha logrado simular el atajo espacio-tiempo de un agujero de gusano gracias a un ordenador cuántico. Se verificaba así la hasta ahora inhóspita relación entre la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad general. Einstein, una vez más, nos sacaba la lengua y nos guiñaba un ojo -Einstein, el científico que también era violinista, tengámoslo presente-. Los pliegues en el espacio y el tiempo fueron un excelente telón de fondo para ir camino del Palau para escuchar esa maravilla que es el ‘Cuarteto para el fin de los tiempos’.

Porque el arte siempre, siempre, se adelanta a la ciencia, aunque muchos sigan pensando aún que discurren por caminos diferentes. Cuando Messiaen compuso su Cuarteto en el campo de concentración de Görlitz, donde se estrenó en 1941, buscaba lograr, por un rato, transportarse a él y a sus compañeros reclusos a algún lugar mejor. Quiso parar el tiempo, que en el aquél momento se le debió antojar como una macabra cuenta atrás hacia el Apocalipsis. Einstein había formulado sus teorías un par de décadas antes, y faltaban cuatro años para que el poder de la energía atómica quedara demostrado en Hiroshima y Nagasaki. Por el camino, Messiaen nos legó una obra maestra de la música que todavía hoy nos permite transportarnos, trascender, parar el tiempo y mirar desde una relativa distancia nuestras miserias.

Eso sí, en lugar de eminentes científicos se necesitan eminentes músicos (un pianista, un clarinetista, un violoncelista y un violín, los únicos que Messiaen tenía a mano entre la miseria de un campo de concentración) para abrir el agujero de gusano. El Palau de la Música lo logró, reuniendo sobre el escenario a cuatro inconmensurables solistas que además, aman la música de cámara y conocen al dedillo sus códigos. Isabelle Faust, Jean-Guihen Queyras, Jörg Widmann y Pierre-Laurent Aimard ofrecieron una interpretación interestelar, multidimensional, cósmica. La manera de escucharse, buscar sonoridades juntos, ofrecer interpretaciones individuales perfectas y al mismo tiempo complementarias a las de sus compañeros… Más que entrar en detalles típicos en una crítica, es suficiente reseñar el rato que medió entre que tocaron las últimas notas de la partitura y llegó el aplauso del público. ¿Cuánto rato estuvimos en silencio, volviendo a este universo desde quién sabe dónde? ¿Un minuto? ¿Dos? ¿Una semana? Quizás solamente Einstein tenga la respuesta.

El ‘Cuarteto para el fin de los tiempos’ vino precedido de una selección de obras de Berg, Ravel, Widmann y Carter en las que no podemos profundizar aquí —el espacio de los artículos en prensa no es nada relativo, sino muy, muy ajustado. Baste señalar que fueron una preparación perfecta, escogida con excelente criterio, para lo que vendría después. En fin, un concierto arriesgado, exigente, pero que estaremos encantados en volver a escuchar en cuanto los viajes en el espacio y el tiempo sean una realidad.

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